viernes 4 de noviembre de 2011

¿LA ÚLTIMA FRONTERA?: ¡UNIDAD DESDE LA CIUDADANÍA!

“Tenemos que aprender todos a vivir juntos como hermanos, si no queremos perecer juntos como idiotas”(Martin Luther King)

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“No nos vean como sus enemigos. Somos sus hermanos de carne y hueso. Queremos seguir viviendo en paz,... somos sus hermanos”. Cuando Adolfo Chávez, presidente de la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (CIDOB), lanzó esta frase contra las acciones represivas del ejecutivo, no sólo expresó legítima indignación y clamor por tolerancia, sino que desnudó la esencia del actual gobierno: autoritarismo, craso y ladino. La frase lapidaria contra el régimen feroz vino de una mujer indómita, Miriam Yubanore, presidenta de la Organización de Mujeres de la Subcentral TIPNIS(1): “El proceso de cambio no se construye maltratando al otro”.

Ambas arengas nos recordaron que, por encima de rencores subterráneos, reales o prefabricados, existe un cordón umbilical que nos une de forma indeleble: nuestra condición humana; y cuando un régimen la mancilla, muestra su verdadera podredura moral.

Fue precisamente la marcha de los indígenas de tierras bajas la que enseñó que, frente a la autocracia trapera y a la oposición desunida por cálculo microscópico y egolatría mórbida, la última frontera que tenemos para defender la Democracia y así evitar caer en la barbarie -estilo Somalia, no estamos muy lejos-, es la edificación de la unidad desde la ciudadanía a través del retorno a los valores humanos que sirven de base al régimen democrático: libertad, igualdad, dignidad, tolerancia, etc.

La otra lección de unidad vino de las pasadas elecciones judiciales. Pese a los datos mañosos, el resultado muestra a una ciudadanía unida en el hastío por tanto abuso de poder -voz coreada en el reproche pero dispersa aún en las acciones-, repudio que se acrecienta con cada dislate que sale de Palacio de Gobierno.

Ambos hechos muestran la presencia de una vigorosa, aunque aún subterránea, tendencia ciudadana orientada hacia un destino diferente, donde prevalezcan la verdad y los principios antes que la engañifa y los desquites, la unidad y el progreso antes que la refriega y el atraso. De no forjar la unidad que encauce el descontento creciente, en la perspectiva del fortalecimiento del régimen democrático, podríamos asistir a un levantamiento espontáneo de infaustas consecuencias (no olvidemos que la estafa histórica que nos malgobierna se encumbró en la descarriada cresta popular que asoló el gobierno de Sánchez de Lozada, octubre 2003) o a la consolidación de un régimen que nos dirija, a paso indolente de verdugo, rumbo a la barbarie.

Sin lugar a dudas, frente a este extravagante proyecto de poder, que ahora implosiona en cámara lenta debido a su inviabilidad política –norte en el pasado, ideología esotérica, racismo como bandera- y a su ineptitud grosera, y ante una oposición que se cotonea antes que unirse para frenar tanta atrocidad, ha llegado la hora de forjar la unidad de bolivianos y bolivianas desde la propia ciudadanía, sin restricciones, bajo tres premisas que luego deberían dar vida a un programa mínimo: reconciliarnos con el pasado, recobrar nuestros valores y asumir nuestra responsabilidad ciudadana.

1. “EL PASADO ES UN PRÓLOGO”

¿Qué tal si en vez de exaltar nuestras diferencias para distanciarnos o, peor, para enfrentarnos, las reconocemos para entender que, así diferentes como somos, todos venimos de las mismas raíces que nos enlazan de forma inconmovible? Por ejemplo:

-Somos herederos de un pasado prehispánico de una inconmensurable riqueza cultural, forjada al calor del desarrollo de un conjunto de pueblos que habitaron nuestra diversidad geográfica y que coexistieron de manera pacífica, pero también agreste y violenta.

-Somos herederos del conquistador español que llegó a nuestras tierras guiado por la codicia, pero también por el coraje y un inquebrantable espíritu aventurero y de progreso.

-Somos herederos de la mezcla violenta, pero también fecunda, entre pobladores nativos y colonizadores ibéricos, cuyo resultado fue el nacimiento de una fisonomía particular y diversa que supo mantener raíces ancestrales, teñidas de nuevos valores y vivencias.

-Somos herederos de un inquebrantable espíritu autonomista, expresado de forma serena, pero también conspirativa y cruenta. Desde la renuente y díscola Real Audiencia de Charcas, a las audaces y atroces rebeliones indígenas; de los heroicos e interesados levantamientos criollos, a las republiquetas corajudas y disgregadas; de las conspiraciones oscuras de los doctores altoperuanos que promovieron el nacimiento de un nuevo país, al arribo de los ejércitos libertarios que entendieron nuestra vocación independentista.

-En fin, somos herederos orgullosos de esa historia, fecunda y feroz, diversa y dispersa, pero articulada por un principio que nunca se alejó de nuestras mentes y corazones y que sólo se expresó en formas y tonos diferentes –ardientes o sosegados-, y que el mariscal Antonio José de Sucre supo comprender al señalar que el Alto Perú “parece que quiere ser sino de sí mismo”(2), afirmación iluminada que luego fue refrendada por el Acta de Independencia de las Provincias del Alto Perú (hoy Bolivia) que expresa, desde entonces, nuestra “voluntad irrevocable”(3) de gobernarnos por nosotros mismos.

Vista así nuestra historia, podría acusárseme de ingenuidad (¡sacrílego!), además de ignorar, sin pudor, las brutalidades de los opresores y la heroicidad de los oprimidos; e incluso de desconocer el papel protagónico, admirable o ruin, de héroes y villanos.

En realidad, cuánto daño nos ha hecho, y nos hace, esa visión tuerta de la historia que destaca únicamente la visión de unos o de otros: clases, razas, regiones, etc.; nos deja un sabor doliente que empuja a vernos a nosotros mismos con cierto apocamiento: “Así somos los bolivianos...”.

Sin embargo, cuando estudiamos con seriedad cada hecho histórico, sin romanticismos fatuos, sobre todo aquellos más usados para fomentar divisiones artificiales o para despertar una ociosa sed de venganza (época prehispánica, colonia, levantamientos indígenas, creación de la república, guerras, revoluciones, etc.), es bueno reconocer que en la lucha por o contra el poder, unos y otros cometieron errores e incluso atrocidades, pero también labraron el futuro o por lo menos nos legaron, queriéndolo o no, lecciones cardinales. Intentar explicar estas acciones, más aún, justificarlas, ignorarlas o censurarlas, fuera de su contexto real, es apelar a una moral coja que ha servido y sirve de inspiración a miradas arbitrarias y acciones intolerantes que siempre terminan reescribiendo la historia con sazón y maledicencia.

No hay que olvidar que, para el autoritarismo (de toda ralea), no hay nada mejor para esconder sus oscuros propósitos autocráticos que resucitar, incluso inventar, salvajadas cometidas allende los tiempos, que se mantienen inalterables y que deben ser pagadas por los descendientes ímprobos que heredaron las fechorías de sus antepasados. Así, las heridas, reales o ficticias, se mantienen abiertas, la división lograda, el poder mantenido; es el tiempo de insensatos vengadores clamando por un patíbulo.

De ahí la importancia de mirarnos en el espejo de la historia y reconocernos como legatarios de todo lo acontecido, cruel o heroico, injusto o ecuánime, estemos o no de acuerdo con los hechos, gústennos o no los protagonistas, o los resultados, épicos o perversos. Este hecho no significa que, al estudiar nuestra historia, cada quien no pueda hacer uso de su propio espíritu crítico a fin de enaltecer o denostar los acontecimientos objeto de polémica o controversia. Sin embargo, es necesario cultivar la práctica sana de mirar la imagen completa, donde cada quien es poseedor de una parte de la verdad que se completa con la parte de cada cual, y así sentirnos orgullosos de nuestro legado, con sus destellos y sus penumbras.

Una vez que nos hayamos reconciliado con nuestra historia, recién podremos edificar un presente digno y mirar al futuro con sincera voluntad de progreso. Si no lo hacemos, seguiremos condenados al enfrentamiento fútil y perpetuo, donde cada gloria y cada derrota se reducirán al infame conteo de contusos, cadáveres, presos y exiliados. No hay otra conclusión posible: damos vuelta la cabeza y miramos hacia el presente y el futuro, o seguimos ofreciendo el vergonzoso espectáculo de continuar persiguiéndonos la cola hasta perecer de estupidez. Shakespeare lo sabía: “El pasado es un prólogo”, y ya es hora de iniciar un nuevo capítulo.

2. RECOBRAR NUESTROS VALORES

Desde nuestra creación como República, independiente y soberana, nuestro magro desarrollo nos ha condenado a la pobreza indigna y a vivir en un régimen democrático erigido con ilusión y esperanza, pero que ha sido permanentemente deformado por intereses menores que nos han obligado a existir “en una especie de destierro en el seno mismo de nuestra Patria”(4).

Hasta ahora, hemos esperado ingenuamente que el desarrollo económico y la estabilidad democrática sean obra exclusiva de caudillos iluminados -elitistas o populistas, da lo mismo-, cuando en realidad, luego de 186 años de vida independiente, la mayoría de estos prohombres ha pervertido los principios augustos de la Democracia, condenándonos a vivir bajo el manto lóbrego de la demagogia y el autoritarismo.

Por ejemplo, el llamado “Proceso de Cambio” que ahora soportamos, ha demostrado que no es otra cosa que un abrupto cambio en la forma del desgobierno que nos ha perseguido, como fantasma penitente, desde nuestra fundación. El malgobierno ha concentrado, como depravado coleccionista de atrocidades, todos los vicios del pasado, envileciendo los valores democráticos, hasta convertirlos en mera apariencia; biombo impúdico que encubre la violación descarnada de los Derechos Humanos y del Estado de Derecho, además del incesto festivo y atroz de la Constitución que el mismo inspiró, a costa de ilegalidades y de sangre boliviana.

Ahora, para vergüenza de todos en todas partes, en esta región del mundo, y en pleno siglo XXI, se presume la culpabilidad y se actúa en consecuencia, con entusiasmo inquisidor –incluso con retroactividad y alevosía-; el inocente, temeroso, obligado a vivir con la coartada bajo el brazo (por si acaso), algunos con el pasaje bajo la almohada (por si el tiempo apremia), casi todos con el miedo amordazando sus ideas.

El hecho que despierta pavor, es el masivo apoyo que todavía acompaña la reencarnación de una pesadilla anacrónica y autoritaria, próxima a lo que algunos han venido a llamar, no sin inquietud, despotismo democrático. Así, la Democracia, malherida y desfigurada, se estremece ante el festejo de multitudes –cada vez menores- embargadas por dádivas menesterosas, que aplauden y vociferan alabanzas, embriagadas por la pintoresca y fogosa incontinencia verbal del caudillo que amenaza, promete y luego hace todo lo contrario, mientras sepulta en la ignominia –cuando no en la cárcel- a quienes se aventuran a poner en duda su arqueológica quimera. Angustiosamente, el soberano, “el pueblo consciente”, “el protagonista de la historia”, “el autor del proceso de cambio”, apoya, radiante y cegado, la construcción del cadalso donde es inmolada su propia libertad; lección que demuestra, con lastimera crudeza, nuestra indigente educación ciudadana.

En medio de este escenario sombrío, la épica marcha de los pueblos indígenas del TIPNIS, ha traído junto a su tamborita melódica y esperanzadora, un mensaje de paz y dignidad. Sus discursos, preñados de nobleza, nos han recordado aquellos valores humanos y democráticos que laten en el corazón de todo ser humano digno. Marcharon cientos de kilómetros, con la sencillez en la frente y la fortaleza en el caminar compartido; fueron vejados por la soberbia autoritaria, pero nunca dejaron de enarbolar la bandera blanca del Patujú(5), mientras curaban sus heridas juntos y a paso firme.

Cuando arribaron agotados pero íntegros, los abrazamos conmovidos, y al abrazarlos nos dimos cuenta que nos abrazábamos a nosotros mismos. Volvimos a entender que por las venas de unos y de otros corre la misma sangre, y del mismo color; que todos perseguimos las mismas ilusiones y nos estremecemos ante los mismos ensueños; que despertamos con la sonrisa puesta en nuestros seres queridos y que nos vamos a dormir con el anhelo de un mejor amanecer; que todos llegamos desnudos y partimos acompañados por el mismo dolor. En fin, nos reencontramos como seres humanos, capaces de solucionar nuestras diferencias de forma serena y respetuosa, sin necesidad de definir a quien piensa de forma diferente como enemigo, aquel que debe pagar su osadía con la capitulación deshonrosa, sino con la expiración. Sin esperarlo, los valores ancestrales que inspiran a los pueblos indígenas del TIPNIS, nos recordaron los valores humanos que sustentan la vida en Democracia. ¡Cuánta de nuestra ignorancia quedó puesta al desnudo!

Su victoria no es sólo una ley que reconoce sus derechos –aunque encierre soeces trampas del oprobio, acostumbrado a malbaratar el diálogo depravándolo en emboscada-, sino fue demostrarnos que nuestras diferencias nos hermanan, que detrás de cada color de piel, de cada oficio, de cada apariencia o de cada idea, existe un ser humano libre e igual en dignidad, derechos, deberes y oportunidades que merecen alcanzar su realización; y que los contrastes que nos enfrentaron y nos enfrentan, fueron y son aberraciones prefabricadas o exaltadas en el infame propósito de dividirnos para facilitar la concentración lasciva del poder. Para el futuro de la Democracia, el resultado más importante de este conflicto que aún no concluye, es el inicio de nuestro reencuentro, estocada letal a la credibilidad del malgobierno.

Mientras la marcha de la dignidad avanzaba, herida pero erguida, asistimos a las urnas donde nuestro voto fue un grito apagado y resonante contra tanto abuso. Lo inédito del pasado proceso electoral, no fue la intención de legitimar el control total del poder a través de una elección tramposa -todos los autócratas se mueven seducidos por la concupiscencia-, sino que el conteo de votos no se realiza entre candidatos a cargos en la magistratura, sino entre votos válidos y votos nulos, blancos y abstención, ¡entre la aceptación y el rechazo!, hecho que deja malherida la legitimidad de quienes se prestaron a este sainete y de los propios autócratas. Si bien los amanuenses del malgobierno aparentemente estarían manoseando el voto ciudadano, la herida ha quedado abierta, el engaño develado.

3. RESPONSABILIDAD CIUDADANA

Es necesario, de una vez, recordar que si el malgobierno ostenta el poder, arrogante y descarriado, es porque los ciudadanos así lo permitimos, guiados por la manipulación atroz, nuestra ignorancia servil, nuestro apetencia desmedida por figuración o nuestra desidia encubridora. No podemos negarlo: “Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez”(6) y una inercia bastante parecida a la complicidad.

Ha llegado la hora de abandonar ese vicio sórdido de entendernos como exclusivos depositarios de derechos, de eternos acreedores, para asumir, de una vez, que el incumplimiento de nuestros deberes ciudadanos –como discernir antes de votar o marchar, por ejemplo- es el caldo de cultivo donde germinan los esperpentos autoritarios (del esmalte que sea), acompañados siempre de sus prédicas de artificio y por el paso altanero e incompetente de sus cortesanos.

Ha llegado el momento de tomar en nuestras manos las riendas de nuestro destino, a fin de erigirnos en ciudadanas y ciudadanos, dignas y dignos, para cumplir el papel más importante que la historia ha puesto ahora sobre nuestros hombros: dar vida a un régimen democrático que no termina de nacer, pujante y vigoroso, que permita el añorado progreso.

Para ello, requerimos pasar del ostracismo al interés, a fin de dotarnos de la formación democrática necesaria que nos otorgue la amalgama de valores que fraguará nuestra unidad; de una nueva visión de país que no sólo incluya, sino integre; y luego de representantes meritorios que enarbolen, sin imposturas indecentes, los estandartes de la Democracia, del Estado de Derecho, de la Unidad, de la Paz y de la Prosperidad. De los ciudadanos depende que la Democracia deje de ser un concepto vacío, hijo de nadie y manoseado por cualquiera.

Sobre quienes se definen como opositores: su inveterada tendencia a la desunión los hace cómplices por omisión de tanta acción atrabiliaria. De su reflexión dependerá si continúan desempeñando el lúgubre papel de estribo del malgobierno o renuncian a sus sueños engreídos y trabajan por la unidad desde la ciudadanía, con los valores humanos y democráticos como estandarte.

Vivimos momentos difíciles, temerosos y temerarios. En tiempos como estos, Martin Luther King decía: “Quizá esté surgiendo entre nosotros un nuevo espíritu. En tal caso, sigamos sus movimientos y recemos porque nuestro ser interior sea sensible a su tutela, porque necesitamos un nuevo camino más allá de la oscuridad que parece envolvernos”.

Es hora de autoconvocarnos todos los ciudadanos, libres y dignos, que habitan esta tierra, a fin de forjar la unidad de bolivianas y bolivianos, no sólo para ejercer nuestro derecho a la indignación frente a una realidad abyecta e incivil, sino para ejercer nuestro deber de constituirnos en afanosos hacedores del futuro, de la vigencia de los Derechos Humanos y del régimen democrático; sin falsos voluntarismos ni protagonismos espurios.

En fin, es hora erigir, juntos, tiempos de unidad, paz y prosperidad; y llegar, de una vez, a ser “tan felices como desgraciados hasta el presente”(7).

En memoria de Juan Javier Zeballos, periodista íntegro, tenaz defensor de la Libertad y la Democracia, maestro y entrañable amigo.

CITAS

(1) Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS).

(2) Carta del mariscal Antonio José de Sucre al Libertador Simón Bolívar (1824).

(3) Acta de Independencia de las Provincias del Alto Perú (1825).

(4) Proclama de la Junta Tuitiva (1809).

(5) Una de las dos flores nacionales de Bolivia, propia de la zona de los llanos. La otra es la Kantuta.

(6) Proclama de la Junta Tuitiva (1809).

(7) Acta de Independencia de las Provincias del Alto Perú (1825).

jueves 7 de abril de 2011

MAR: DEL LAMENTO BOLIVIANO AL ANZUELO PARA INCAUTOS -Crónica de una estafa histórica y de un sueño posible-

No es la primera vez que un gobierno apela a un conflicto bilateral en busca de sustento popular para esconder su congénita incompetencia. Por ejemplo, en la década de los ’30, el presidente Daniel Salamanca avivó el viejo conflicto fronterizo con Paraguay en la esperanza, entre otras, de sofocar el descontento popular, y terminamos perdiendo 243.500 Km2. Luego de una primera escaramuza boliviana, convenientemente escondida a la opinión pública nacional por aquel gobierno, vino la ofensiva paraguaya, denunciada luego como un ignominioso ataque trapero. De ahí en más se desencadenó el arrebato propagandístico, se persiguió, encarceló y desapareció a opositores, además de iniciarse un despótico reclutamiento compulsivo de la población rural, usada desde siempre –hasta ahora- de carne de cañón en todo conflicto, externo e interno. El resultado inicial fue el despertar del entusiasmo patriotero que provocó largas filas de voluntarios dispuestos a saldar cuentas por el abuso. Para el gobierno, todo terminaría en la mesa de negociaciones, como había ocurrido luego de los permanentes amagos belicosos que se habían producido por una inexistente delimitación fronteriza, mientras la población pasaba de las críticas y las movilizaciones al aplauso por el valor del gobierno en la defensa de la sacra integridad territorial.

Como siempre ocurre con los desmanes demagógicos, todo salió al revés. Paraguay estaba preparado desde hacía mucho para un conflicto bélico, mientras el ejército boliviano únicamente se había adiestrado en las “guerras internas”, así que fue presa fácil del asalto, no sin antes demostrar valor y coraje que hasta ahora estremecen hasta la médula. Hoy en día, los pocos excombatientes que quedan, deambulan pastando sus proezas y sufrimientos, resignados, como ocurrió en aquella época, a la ingratitud de gobernantes y ciudadanos. Mueren de a poco, los pocos que quedan, sacrificados por la demagogia, primero, por las balas después y luego por el ominoso desafecto.

En realidad, las mutilaciones territoriales que hemos sufrido han sido, en la mayoría de los casos, el resultado de acciones u omisiones viles de autócratas que jugaron con fuego intentado administrar nuestro endémico atraso, cebando su lujurioso apetito de poder o buscando apoyo popular para continuar el latrocinio en beneficio de unos pocos.

Sin duda, en esencia, la historia actual no es la misma. Por lo menos en esta parte del orbe, no existen las tentaciones trogloditas de resolver los conflictos a punta de cañonazos. Sin embargo, en lo que sí parece repetirse la historia es en el uso demagógico y abusivo de un conflicto bilateral, como la causa marítima, para evitar la pérdida del apoyo popular. ¿Proceso de cambio?

A estas alturas, resulta obvio que nunca se tuvo una Política de Estado más o menos presentable, peor efectiva, que permita lograr una salida al mar. Dígase lo que se diga, el hecho que, luego de 107 años de suscrito el Tratado de 1904, Chile siga haciéndose el desentendido expresa, por lo menos, cierto grado de fiasco. En 132 años –desde el asalto a Antofagasta en 1879-, la política marítima boliviana ha oscilado entre el lamento boliviano –bilateral, trilateral, multilateral y polifónico- que ha malgastado tiempo, dinero y talento diplomático en intentar que Chile reconozca que existen problemas pendientes con Bolivia; la demagogia patriotera que usa la herida marítima como anzuelo providencial para mantener la mirada ciudadana lejos del problema medular: el atraso y la ineptitud por superarlo; y el complejo freudiano que empuja a echar la culpa a otros –“al pirata araucano”- por la inveterada incompetencia gubernamental, y que nunca ha tenido la decencia de la autocrítica, acción que mordería a cualquier conciencia humildemente ética. Al final de cuentas, las pocas veces que nuestros cancilleres se miraron las caras en serio, Bolivia no llevaba una propuesta viable que no fuese su queja telúrica, mientras Chile hacía lo que cualquier otro país haría, hacerse el difícil por falta de una proposición que seduzca sus requiebros. Resulta ocioso acusar a otro país por defender sus intereses y no los nuestros; de aquellos deberíamos ocuparnos nosotros, pero en serio.

Al observar con pavor el recorrido extraviado del actual régimen, es fácil desnudar el ropaje demagógico de su posición en torno a este tema. El escenario de la nueva rabieta náutica fue por demás sospechoso: se anunciaron acciones legales a escala global contra la tozudez chilena horas después que se aseguraba a un periódico chileno que se priorizaría el diálogo bilateral, a poco de conocerse que la popularidad del gobierno se hallaba al borde del desahucio, cuando las inversiones muestran números rojos (pese a que la vitrina ostenta 10.000 millones de dólares en reservas, pero sólo para el spot), justo el día en que se recordaba la herida abierta del mar perdido. En general, todas las fechas con algún valor histórico, han sido usadas desde siempre para desbocar sentimientos patrioteros que terminan con vivas al visionario caudillo de turno -populista o elitista, da lo mismo-, y verbenas donde la embriaguez ideológica continúa con algo más de coherencia.

En ese entorno, aquel 23 de marzo se presentó la inmejorable y solemne oportunidad para descarriar, nuevamente, la incontinencia demagógica: la corte reunida, las cámaras atentas. Entonces, sobrevino el naufragio. La queja eterna, la suculenta diatriba, la arenga melosa. La conclusión era obvia: Chile es el culpable. Luego, sobrevino el exabrupto diplomático: ¡acciones legales! Todos aplaudieron, conmovidos. Por si fuera poco, la demagogia fue tan certera (es en lo único en que se ha demostrado sobrada eficiencia) que incluso despertó las voces de intelectuales de talla quienes, con candidez pueril y sin atisbar que se trata de una nueva emboscada (una de cientos), se han zambullido a apoyar el resoplido felón para acusar a Chile de actuar, desde siempre, de mala fe.

La pregunta que nadie hizo en ese instante se fermenta de madura: ¿Y la estrategia legal? Siendo medianamente serios, si un mandatario echa a volar la partida festiva que jugada durante cinco años, a voz en cuello y a todo el mundo, se esperaría que exista una propuesta meditada y adecuadamente pulcra. No, tal propuesta no existe y si se hace –¿?- tardaría algunos años, según explican quienes realmente saben. Más aún, si se conoce que cualquier acción legal debe contemplar, de forma obligatoria e imprescindible, la venia de ambas partes, y Chile no está dispuesto a ceder, ¿por qué embarcarse en un nuevo duelo verbal con Chile y anunciar un nuevo arrebato planetario? ¿Jugada maestra de una diplomacia visionaria o demagogia pedestre?

No, no es Chile el que nos ha hecho perder el tiempo, ha sido esa práctica arcaica e insana de tocar tambores de guerra en el abyecto propósito de evitar que se extinga el aplauso popular. Al final, terminamos siempre yendo a la batalla, militar o diplomática, sin norte ni concierto, con una mano adelante y otra atrás. Que el contendiente ocasional no nos haga caso, no es culpa suya, sino nuestra.

En medio de esta atmósfera cacofónica y viciada, alguien dijo hace poco que “en el pueblo boliviano existe el sentimiento profundo de la reivindicación marítima y que nunca se cederá ante el usurpador. La causa marítima es sagrada”. En realidad, esa es una sobrada sandez, expresión del vicio malsano de vivir mirando el pasado, ahora patentado por el oscurantismo oficial. Lo que existe en el alma nacional es el hastío milenario por los discursos, las negociaciones y las horas cívicas que han multiplicado fracasos y bostezos. Lo cierto es que la diplomacia de ajedrez, más sigilosa que efectiva, ha fracasado, lo mismo que la diplomacia de la histeria chauvinista, siempre pintoresca y mórbida.

No quieren hablar de soberanía, corean indignados. En rigor, jamás lo harían, tampoco nosotros si el caso fuese a la inversa. Se trata de un conflicto de intereses, no de buena o mala fe, de manera que debe encararse la solución buscando el mejor interés de las partes involucradas. Si el acuerdo genera beneficios, centralmente económicos, caen las armaduras y se habla sobre lo que sea. Pero para eso, se necesita una verdadera Política de Estado, no extravagantes homilías de artificio.

En vez de navegar en operetas y elegantes imposturas, o en andanadas retóricas que a la larga nos condenarán a una cuarentena internacional, necesitamos de una diplomacia que nos vincule con el mundo a través de tratados y convenios internacionales que permitan aumentar el caudal de inversiones y robustecer nuestro aparato productivo y exportador, además –y no es poco- de nutrirnos del desarrollo científico y tecnológicos mundial; al tiempo de contribuir a la cultura universal con nuestra colorida riqueza, reducida hasta ahora a un inmenso museo viviente que sólo produce quejidos y amenazas apocalípticas.

El uso demagógico que se hace del tema del mar, en el afán de encender el moribundo apoyo popular, expresa que Bolivia sigue viviendo en tiempos premodernos, en los cuales la impostura, el engaño, la prebenda, la conspiración, la calumnia y el abuso son las verdaderas instituciones públicas. Es como tocar una pesadilla resucitada. De cambio, nada. En rigor, una aterradora encarnación de todos las perversiones del pasado que parecen hostigarnos como fantasmas penitentes.

De espaldas a la realidad mundial que prioriza los acuerdos regionales en la perspectiva de buscar una inserción adecuada y próspera en el escenario global, nos negamos a entender que el problema del mar podría ser resuelto, por ejemplo, dentro de un acuerdo de integración económica tripartito (Bolivia, Chile y Perú) que podría convertir a esta subregión en un importante centro energético, comercial y turístico. Lejos del bárbaro nacionalismo cultural (mi diablada, mi charango, mi bandera…), ha llegado la hora de mirar la realidad real, no la del spot ni del ilusionismo de feria, y descubrir que entre los tres países existen lazos geográficos, económicos, culturales e históricos que debieran servir de base para la edificación de un amplio y provechoso proceso de integración. De ahí que debería estudiarse la posibilidad de un acuerdo de integración que convierta el problema en oportunidad, donde cada quien encuentre algún tipo de beneficio para sus pueblos. Esa, sin duda, podría constituirse en la base de una propuesta no sólo decorosa, sino viable.

Ya es tiempo que los ciudadanos nos sacudamos de las modas de temporada (gas, litio, ahora mar) que fabrican, desde siempre, penosos vendedores de humo, en su afán de remontar unos cuantos puntos en las encuestas, para llevarnos de la nariz a la próxima hora cívica o a la errabunda movilización que únicamente multiplica ampollas y frustraciones, evitando que veamos lo que siempre existió: atraso, y así seguir en el eterno festín del poder que solo ha fabricado ensueños y opulentos cortesanos.

Algo más. El nuevo festival demagógico que ahora contemplamos con espanto, es el signo inequívoco de que el régimen se agota, de ahí su patológico apetito por confeccionar un nuevo enemigo. Como ya se acabaron los enemigos internos –aunque la siniestra creatividad siempre puede sorprendernos-, hay que buscarlos fuera, y como el imperialismo está bastante lejos, y los arrebatos soberanos ya no conmueven a nadie, es mejor buscar en el vecindario y qué mejor que “el pirata que nos arrebató, a traición, nuestro sagrado mar”, todo con el fin de mantener movilizada a la masa y así evitar que mire su realidad y descubran la estafa.

En vez de seguir salivando cada vez que la autocracia de turno toca la campana, los ciudadanos deberíamos comenzar a reconstituir la institucionalidad democrática, eternamente deformada a gusto de fúnebres benefactores, comenzando por partidos políticos democráticos -en lo programático, organizativo y en el liderazgo, en ese orden-, lejos del asfixiante monólogo del pensamiento único, la santería ideológica y del omnipresente caudillo, para construir una verdadera República Democrática -nada de simbolismo fatuo-, que deje de ser hija de nadie y manoseada por cualquiera. Ahí recién podremos hablar del mar con la seriedad requerida y, sin duda, llegará el momento de bañarnos en sus aguas como ciudadanos libres, lejos del naufragio al que nos han condenado los perpetuos patriarcas del atraso.

viernes 18 de diciembre de 2009

BOLIVIA: LA AGONÍA DEL PASADO -Breve ensayo sobre la estupidez ciudadana-

“Las tiranías fomentan la estupidez” (Jorge Luis Borges)
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La victoria del Movimiento al Socialismo (MAS) no sorprende, estremece. El caudillo ha vencido y con él, otra vez, un proyecto reaccionario, asentado en el arcaico populismo y el rancio nacionalismo, esta vez bajo la coartada indigenista. Su secreto, triste y vergonzoso, es aparentar que encarna las aspiraciones de los más humildes, cuando en realidad se trata de un escalofriante salto al pasado, aquel que únicamente produjo miseria y degradación. Sin embargo, si tomamos en cuenta hacia dónde soplan los vientos de la historia (democracia, globalización, conocimiento, inclusión, etc.), no podemos menos que concluir que el triunfo del oscurantismo es sólo una derrota demorada. Lo que realmente preocupa es que este crimen tenga tanta cantidad de cómplices. Albert Einstein lo sabía: “Hay dos cosas infinitas, el Universo y la Estupidez Humana”.

Queda claro que el MAS es un naufragio político en las agitadas olas del populismo, que combina la incontinencia discursiva del caudillo, en una irresponsable y bochornosa embriaguez ideológica (por ejemplo: marxista-leninista declarado, además, presidente de los cocaleros del trópico cochabambino, cuya producción se halla vinculada a las oscilaciones del mercado del narcotráfico, hecho que lo vincula íntimamente con el “capitalismo salvaje”), con el nacional-indigenismo del vicepresidente –cerebro por el que divaga el régimen-, expresión de aquel cenáculo de académicos, enamorados de la barbarie, que sirve de orientación al gobierno y que intenta injertar los devaneos multiculturalistas acuñados lejos de nuestras fronteras (vaya descolonizador), y cuyo norte es el idílico sueño estalinista, esta vez presentado de forma extravagante: el desarrollo del capitalismo –ahora “andino-amazónico”- dará paso al socialismo del siglo XXI, neologismo que esconde un proyecto nacionalista de base campesina y discurso indigenista, es decir, una suerte de nacional-socialismo indígena, donde resulta difícil separar las erupciones estalinistas de los sarpullidos fascistas. Si el nacionalismo de los ’50 se asentaba en una ilusión desahuciada, los nuevos nacionalistas se erigen sobre una terca e ignota reincidencia del fracaso.

Sin duda, el primero, el caudillo de la arenga omnipresente; el segundo, el omnímodo ideólogo aparente; ambos, expresiones antediluvianas del populismo nacionalista que no termina de morir; cada cual dependiendo de forma vital de cada quien, pues, mientras uno pone el color de la piel y espolea a la masa, el otro aporta las ideas que dan forma al extravagante experimento. Si en la segunda gestión de gobierno se asegura edificar un nuevo Estado, está claro quién tendrá las riendas del régimen.

Así, detrás de la demagogia patriotera y la histeria contra la economía de mercado, muestran su rostro añejo el populismo y el nacionalismo, salpicados ahora por un condimento bárbaro: la raza presentada como principio ideológico (¡Racismo!). No es todo: la ignorancia atroz ha encendido el mito del caudillo epónimo y del sueño prístino del retorno al paraíso perdido, y ha dado rienda suelta a los abusos de insensatos justicieros que claman por la revancha. La razón en estado de sitio, la conciencia agonizante, la hora del instinto y de la estupidez descarriada. En resumen, craso autoritarismo autóctono regido por visiones ímprobas.

Debajo de los paladines del atraso, hierve una larga procesión de encubridores, cortesanos y siervos, de las más dispares y disparatadas posturas: desde radicales de sueños de sangre –de izquierda y derecha-, pasando por neoliberales conversos, progresistas extraviados, hasta vástagos camuflados de las dictaduras; todos, beatos seguidores del errante caudillo, del sibilino pensante y de su arqueológico ensueño, guiados por una visión ardiente y microscópica de la realidad; afanados en justificar, con pasión y en total orfandad de ideas, prejuicios, crímenes y las más innobles prácticas políticas; algunos con el fanatismo despuntando en la mirada, en el grito que acalla y en el puño que impone. Más abajo, mucho más abajo –como siempre-, la masa gris de espectrales indígenas-campesinos, inducidos a votar, marchar, matar y morir, siempre esperanzados, seguros que el color de la piel del caudillo, sus prédicas apocalípticas y sus dádivas menesterosas son el signo que inaugura un nuevo tiempo... “Ahora es cuando”.

Muy junto, la oposición, sorprendentemente en el mismo polo. No debe extrañarnos, unos y otros representan el mismo fenómeno: la agonía del pasado, el atraso congénito, el Estado fallido, cuya expresión execrable es el populismo, al principio de nuestra historia bárbaro y feudal, luego liberal corrompido, más tarde nacionalista mísero, hace poco neoliberal expoliador, ahora nacional-racista. Así, mientras que el régimen actual es la reencarnación desahuciada del nacionalismo populista, la oposición responde a una suerte de populismo desamparado, sin paradigma ante la capitulación de sus apetencias neoliberales. Ambas posturas con la visión nimia, inspirada siempre por intereses inconfesables, razón de su inveterada relación adúltera con la democracia y del uso de la ciudadanía como tropilla de votantes o ejército de ciegos peones.
Si los nuevos nacionalistas expresan a los sectores más atrasados de la sociedad, básicamente al campesinado andino (su visión pre-moderna moldea ahora al país, por ello su avidez de tierra, ajena a todo proceso industrializador), los demacrados opositores expresan lo más vetusto de la burguesía nacional, aquella que vivió medrando del Estado desde las banquetas de la plaza Murillo –nacionalistas o neoliberales, según convenga-, hasta que aquella poderosa irrupción popular -espontánea y errática, encendida por el eterno oprobio-, los obligó a buscar refugio en sus propiedades, camuflándose entre quienes impulsaban otro levantamiento, esta vez regional, que reclamaba lo que el Estado Nacional, a manos de nacionalistas y neoliberales, también les había negado: el progreso. Unos y otros, cómplices de los mismos atropellos: atraso y corrupción, desfiguración de la democracia, manipulación ciudadana, marginación de los más humildes y postergación de las regiones. No hay duda, las ideologías, no importa cuán disímiles o exiguas sean, terminan siempre perpetrando las mismas iniquidades.

En el escenario opositor, huérfano y desolado, no podemos dejar de mencionar a los nuevos caudillos bisoños (principitos), pregoneros de lo que llaman “el verdadero cambio” -para diferenciarse del “cambio” oficial-, cuyo objetivo no es otro que reproducir, con patológica idiotez, los vicios del populismo agonizante; sin duda, objeto de estudio de esforzados entomólogos políticos.

ARTILLERÍA PSICOLÓGICA

Pese a que oficialismo y oposición expresan las dos caras de nuestro atraso, a partir de enero de 2006, cuando el caudillo fuera entronizado en las ruinas de Tiahuanacu -a la cabeza de un alzamiento ajeno al que supo acomodarse-, el agonizante pasado mostró un rostro abominable: la experiencia más devastadora de manipulación ciudadana a gran escala que Bolivia haya conocido. Desde sus primeros pasos, el “gobierno del cambio” se cobró su primera víctima: la libertad de pensamiento.

No creemos exagerado afirmar que, a partir de enero de 2006, Bolivia ha dejado de ser un país de carne y hueso, para convertirse en ilusión, apenas un paisaje, espejismo hábilmente fabricado y difundido –incluso exportado- en miles de spots, cuñas radiales e histriónicos discursos, listos para el consumo masivo. La promesa del caudillo -como palabra revelada-, convertida en verdad incuestionable: El Cambio. Su habilidad manipulativa llegó a tal grado que, incluso, líderes de todo el mundo, empujados por su mala conciencia, sus pecados endémicos o su suntuosa ignorancia, se muestran todavía indulgentes ante las diatribas que siembra a su paso el primer presidente “indio” que ojos occidentales avistan. En esas condiciones, su incultura se constituye en virtud para seducir a los voluntariosos, frívolos y siempre bien costeados “revolucionarios de ong”, en embriago estado de éxtasis.

Sin quererlo, Jean-Marie Domenach (La Propaganda Política) al describir la herramienta más valiosa del fascismo alemán para hacerse del poder con apoyo popular, desnudó el secreto del masivo apego al caudillo nativo: “Verdadera ‘artillería psicológica’ en la que se emplea todo aquello que tenga valor de choque, y en la que, finalmente, con tal que la palabra cause efecto, la idea ya no cuenta”. Pío Baroja lo decía mejor: “Es una época para histriones. Todos los gritos sirven, todas las necedades tienen valor, todos los pedantes alcanzan un pedestal”.

Para ser justos, a ello habrá que añadir la ausencia de una propuesta alternativa, lejos del populismo avieso que prioriza tanto al caudillo popular como al dueño del partido, de las ideas y, sobre todo, del dinero (partidos patrimoniales).

TROPELÍAS INCUESTIONABLES

Este sombrío régimen, matizado por una lujuriosa concentración del poder –político, económico y social- y por la estimulación de la ignorancia ciudadana, ha dejado tras de sí un reguero de tropelías cometidas a nombre del llamado proceso da cambio, próximo a profundizarse gracias a la estupidez popular y a la ausencia de alternativas democráticas. Veamos algunas:

·Desperdicio inmisericorde de ventajosas condiciones económicas que Bolivia jamás conoció en toda su historia, para dar paso a un festín populista destinado a cebar el mito del caudillo por cuenta del erario nacional. A diferencia de lo que afirma el pregón oficial, somos un país mucho más pobre que hace cuatro años; los que se llevan la peor parte son los propios indígenas-campesinos, cuya inclusión se reduce al errabundo discurso y al simbolismo fatuo.

·Destrucción de la institucionalidad democrática, al límite de envilecer la democracia, reducida a espectáculo pueril, apariencia desvergonzada que convierte la participación ciudadana en acciones ciegas, sordas y mudas (marchas, votaciones, enfrentamientos, etc.), lejos de toda reflexión, ahogadas por una abyecta indigencia intelectual. Incluso, el afán de convertir la democracia en insultante voto fofo, lleva al caudillo a proponer, a escala universal, un referéndum para abolir el capitalismo, necedad aplaudida por patéticos auditorios; en fin, la democracia convertida en plebiscitaria estupidez.

·Igual que siempre, empresas y entidades públicas convertidas en carroña de la “militancia” -incompetente, ávida y rapaz-, capaz incluso de protagonizar cruentas acciones para mantener privilegios recién logrados (recuérdese el caso de la estatal petrolera –YPFB-, donde se descubrieron millonarias coimas y volteos –dinero que nadie encuentra y sobre el que nadie pregunta-, y cuyos involucrados mostraron su apego feroz a las pistolas. Además de las fechorías, en la mayor parte de los casos el problema no pasa por exigir que cumplan con su deber, sino porque lo conozcan.

·Anomia social, caracterizada por la degradación de las normas sociales y de convivencia. Su expresión más atroz es la inseguridad, jurídica y ciudadana, por donde asoma su rostro bárbaro el linchamiento lascivo y el atraco impune.

·Organizaciones sociales domadas –a la usanza fascista-, carentes de independencia sindical y de liderazgos virtuosos, falderas con el caudillo, usadas como rebaños de choque y abuso.

·Altos mandos dóciles, rendidos ante el manoseo de las instituciones tutelares, colonizados por uniformes foráneos.

·Violencia estatal, impune y aplaudida por hordas alucinadas, elevada al rango de acción patriótica. Alrededor de 70 seres humanos han perdido la vida gracias a la “revolución democrático y cultural”, ya sea por la acción siniestra o por la omisión ruin. No es posible negar que, al tiempo que se riegan sandeces, se ha derramado tanta o más sangre que la que se prometía redimir.

·Opositores perseguidos, enjuiciados o encarcelados, sin proceso apegado a derecho, obligados a esconderse, asilarse o a vivir con la coartada bajo el brazo para demostrar su inocencia, pues ahora, como en toda democracia vergonzante, se presume la culpabilidad y se procede, de forma sumarísima, al linchamiento mediático.

·Periodistas humillados, acosados y heridos (algunos formando fila entre las huestes de la sandez).

·Impulso irresistible al narcotráfico, cuyo crecimiento exponencial muestra que es de los pocos negocios que florece en este desierto de licitud. Llama la atención que las plantaciones de coca avanzan incontenibles (35 mil hectáreas), nutriendo al insaciable y vil negocio de las drogas, mientras se provoca un irreparable daño a la fertilidad del trópico cochabambino, cuyas tierras no son aptas para ese cultivo (¡desastre ambiental!). A la larga, lo que realmente se siembra es un páramo en medio del trópico, un paisaje erial, no sólo en leyes sino en vegetación, al tiempo que el caudillo arranca necios aplausos de crédulos parroquianos quienes escuchan asombrados las recetas para socorrer a la Madre Tierra. No hay duda, la estupidez convertida en pandemia universal.

·La mentira, la diatriba y la amenaza erigidas en triada sacra de la gestión pública.

·Lo peor: ciudadanos divididos y convertidos en enemigos a muerte (literal).

Sin duda, transformar un país había sido mucho más difícil que tender cercos, bloquear carreteras, regar injurias o enceguecer y movilizar a la masa convertida en caterva de embobados devotos.

En definitiva, se trata de un nuevo proyecto reaccionario, porque nos promete vivir dentro de nuestra miseria, con el norte en el pasado, las libertades conculcadas, la razón cercada, la barbarie marchando hacia ninguna parte y el futuro a merced de anacrónicos encantadores de serpientes. Es la noche de la obsecuencia incivil y de la emboscada trapera. El progreso, el bienestar y la vida digna, cada vez más lejos. Este cambio, mientras más cambia, más es lo mismo.

No es todo. Pese a las cándidas esperanzas de que el gobierno se entregará de lleno al perfeccionamiento de la democracia, aprovechando la ausencia de revoltosos opositores, los discursos triunfalistas anuncian el envilecimiento del régimen. Por ejemplo, sobre los pocos opositores que quedan con algún apoyo nacional o regional, se teje con franco revanchismo y palmoteo popular, una nueva andanada de acusaciones, juicios y atropellos, todos destinados a su desaparición política, incluso económica, y a su deshonra pública.

Asimismo, si aquello no fuera suficiente para demostrar que “el MAS es más de lo mismo”, se anuncia con despectiva jactancia que existen varias decenas de leyes, ya elaboradas, listas para que la soberana Asamblea Legislativa Plurinacional las apruebe en su primera semana de vida. Es decir, el nuevo órgano legislativo estrenará nombre y miembros, pero al parecer mantendrá el ominoso papel de cónclave de “levantamanos” -todos agradecidos por ser parte del nuevo tiempo-, sin verdadera capacidad deliberativa ni legislativa, reducida como siempre a apéndice inicuo del caudillo y de su corte. Entonces, ¿qué cambió con el cambio?

ANATOMÍA DE LA MANIPULACIÓN CIUDADANA

Vista así la realidad, a lo largo de este breve ensayo esbozaremos el proceso que sigue este perverso recurso –usado desde siempre, pero no con tanto ímpetu- de inducir a la ciudadanía a marchar, votar, aplaudir, matar o morir –¡a sacrificarse en aras de las más crasas majaderías!-, guiada únicamente por la emoción descarnada, mientras el raciocinio, aquel que se alimenta del estudio y la reflexión (¡la conciencia!), es meticulosamente apagado.

Nos mueve la indignación de atestiguar que quienes se afanan por demostrar que representan el cambio esperado, el reino de los principios nobles y humanos -“la conciencia del pueblo boliviano”-, asientan su práctica política cotidiana en las injusticias congénitas a todo régimen autoritario, como la frenética manipulación emocional de la ciudadanía, principalmente indígena-campesina, que alcanza ahora límites siniestros.

Si la estupidez es definida como la incapacidad de conocer la realidad, no es aventurado afirmar que los ciudadanos, víctimas de una atroz gestión manipulativa y de nuestra añeja pesadez intelectual, tendemos a comportarnos de una forma sorprendentemente estúpida. Hubo quien explicó las causas: “Cuando se trata a alguien como si fuese un estúpido, es muy probable que, si no lo es, con el paso del tiempo llegue con seguridad a serlo”.

Sin embargo, algo debemos decir a favor del artero manipulador (del antiguo y del nuevo): si bien se echa mano a la más desalmada manipulación, este hecho no debe quitar responsabilidad a la ciudadanía por sus deplorables elecciones, resultado indiscutible de su lánguida formación y de su invariable flojedad cognitiva. Así, no deja de ser cierta la afirmación de George Bernard Shaw: “La democracia sustituye las designaciones que efectúa una minoría corrompida por las elecciones que efectúa una mayoría incompetente”. Ahí es donde se apoya el manipulador –de ayer y de hoy-, en nuestra incompetencia.

a. La clave es el cerebro

Para ser serio, el análisis debe partir, necesariamente, de los avances científicos en materia de neurofisiología. La idea es demostrar, a la luz de la ciencia -no de la ideología-, que todo régimen autoritario se asienta en la más burda manipulación –nunca en la conciencia-, y cuando ésta falla, en la más fría violencia. Dicho de otro modo, según convenga, se gobierna por la farsa o por la fuerza.

A fines de la década de los ’70, Paul MacLean demostró la presencia de tres cerebros en uno. Cada cerebro viene a constituirse en una suerte de capa evolutiva que creció sobre la precedente, al estilo de sedimentos arqueológicos (Félix Larocca). MacLean descubrió que cada una de estas áreas del cerebro ejerce diferentes funciones que, en conjunto, son responsables de la conducta humana.

Según MacLean, estos tres cerebros operarían como tres poderosas computadoras biológicas independientes, vinculadas entre sí, pero dotadas de inteligencia propia. Los tres cerebros son: reptiliano, emocional y racional.

Cerebro reptiliano. Se halla ubicado en la base del encéfalo. Es el cerebro más antiguo que nos hace actuar, sin pensar, sin sentir. Controla los actos reflejos y las reacciones instintivas. La ciencia no tiene dudas al explicar que, cuando alzamos el grito, la amenaza y el puño para agredir al otro, por miedo o por odio, toma el control el salvaje que todos llevamos dentro.

Cerebro emocional. Es el cerebro que controla nuestro mundo emocional. La ciencia explica que todo estímulo que ingresa al organismo pasa inicialmente por este cerebro. Dos hechos son altamente significativos para nuestro análisis. Primero, todo aquello que es percibido por el cerebro emocional es asumido como real. Es decir, es un cerebro que no discrimina la realidad de la apariencia. En milésimas de segundo, el cerebro emocional agrupa los estímulos a fin de dotarles de significado, aunque carezca de coherencia racional. Si falta algún dato, se apela a las experiencias pasadas y a las propias necesidades y prejuicios a fin de completar el cuadro. Segundo, en su afán de forjar una visión significativa de la realidad, el cerebro emocional interpreta los estímulos de forma maniquea, dicotómica; así, todo es blanco o negro, bueno o malo, nosotros o ellos, etc. Dicho de otro modo, es un cerebro que no advierte matices, por ello la ciencia señala que es el centro de las posturas radicales, dogmáticas e intolerantes.

Cerebro racional. En esta porción del encéfalo se asientan las capacidades intelectuales superiores, básicamente el raciocinio y por ende la conciencia. Al operar racionalmente, se logra una visión de conjunto, realmente significativa, pero asentada en el análisis y la reflexión. Sin duda, su funcionamiento requiere de la estimulación a través del estudio y del cuestionamiento. Las investigaciones revelan que la tolerancia –el respeto y la valoración de la diferencia- es uno de los atributos de los procesos racionales, debido a que se concibe a la realidad como un todo diverso, donde cada quien se nutre de cada cual.

b. ¿Cómo opera el manipulador?

Conocer cómo procesa el cerebro la información que percibe, permite identificar, con precisión, cómo opera la práctica política manipulativa, cuyo objetivo inequívoco es convertir a la ciudadanía en un hato de votantes, marchistas, héroes o mártires. Tres son los procesos que merecen nuestra atención:

Primero. Una vez que el individuo ha percibido un determinado estímulo (spot, cuña radical, diatriba, etc.), éste viaja al cerebro por dos vías diferentes, íntimamente interconectadas: la vía directa y la vía indirecta. La primera, más corta y rápida, lleva el estímulo hasta el cerebro emocional; la segunda, más larga y lenta, conduce el estímulo hasta el cerebro racional.

Segundo. Antes que el cerebro racional pueda procesar la información percibida, el cerebro emocional dispara una respuesta inmediata acorde al estímulo. Tal respuesta (por ejemplo, marchar, votar, discutir, etc.) es tosca e imprecisa, con un elevado margen de error –propia de las posturas dogmáticas e ideologizadas-, debido a la ausencia de reflexión cognitiva que considere la totalidad de la realidad. Queda claro que interpretar la realidad desde una perspectiva particular, sectorial o ideológica, representa una acción que tiene muy poco de racional. Todo empeora si se sobre-estimula este cerebro a través de la emisión permanente y cotidiana de mensajes fuertemente emotivos.

Tercero. La vía indirecta, es decir la acción del cerebro racional, puede frenar la acción irracional del cerebro emocional, a condición de querer pensar y de contar con la información suficiente para hacerlo, hecho que requiere cierto esfuerzo analítico y de investigación, acciones que generalmente no realizamos por la presencia endémica de pesadez intelectual (vulgar flojera).

De esta forma, asentada en el conocimiento de la fisiología cerebral, la manipulación de la ciudadanía tiene por objetivo modificar el comportamiento social a través de la sobre-estimulación del cerebro emocional y del bloqueo del cerebro racional. Sin duda, se trata de la más devastadora forma de conculcar la libertad de pensamiento, primer eslabón en la entronización de regímenes autoritarios.

Para alcanzar este objetivo, la acción manipulativa echa mano de dos recursos que operan de forma coordinada: la persuasión y la desinformación.

1. Persuasión

Se entiende por persuasión al proceso de inducir la modificación del comportamiento social a través de la sobre-estimulación emocional. Según los recursos que emplea, la persuasión puede ser de dos tipos: directa o indirecta. La persuasión directa se realiza a través de las concentraciones sociales (multitud o muchedumbre), mientras que la persuasión indirecta se lleva a cabo mediante la acción de los medios masivos de comunicación. Ambas responden a procesos psicológicos particulares.

En la persuasión directa, el proceso manipulativo se realiza a través de la relación caudillo-masa. Lo importante de comprender es que, siguiendo a Freud, en una multitud -en la muchedumbre-, desaparece la psicología individual consciente, dando paso a la afectividad compartida y la vida psíquica inconsciente. Es decir, el individuo reunido en masa presenta una suerte de regresión en la que el cerebro emocional y los instintos toman el control.

Elías Cañeti (Masa y Poder) explica que lo que convierte a un grupo de individuos en una masa es su sometimiento a “una pasión compartida”, una emoción que se contagia y acaba conduciendo hacia una acción colectiva. Sergei Moscovici (La Era de las Multitudes), añade que la masa vive bajo el dominio de las emociones fuertes, de los movimientos afectivos extremos. Y esto tanto más cuanto carece de los medios de inteligencia suficientes para reprimir sus afectos. Es decir, la muchedumbre se articula en torno a emociones, nunca alrededor de ideas, de manera que, en esas condiciones, la conciencia –tan pregonada- sale sobrando.

Moscovici explica algo trascendental para comprender el proceso que ahora sufrimos: para la masa efervescente, los conductores “se hallan investidos de una misión extraordinaria. Se les considera mesías largo tiempo esperados, que han venido a conducir a su pueblo hacia la tierra prometida. A pesar de las advertencias de algunas mentes lúcidas, la masa se ve en ellos, se reconoce y se resume en ellos. Los venera y los celebra como a superhombres, dotados de omnipotencia y de omnisciencia, que saben servir a los hombres... dominándoles”. El caudillo transmutado en mito (¿Le suena conocido?).

Esta suerte de “miseria psicológica de las masas” –al decir de Freud-, no respeta condición alguna, mostrándose desnuda y cruel en todos los estratos sociales. Es el escenario que sirve para la acción arbitraria del caudillo, cuyo poder radica en su seguridad inicua sobre el sendero a seguir. La masa ya no está sola a merced de la incertidumbre, la firmeza del caudillo –incluso su fanatismo-, su visión imponente e intolerante, arroja luz sobre su miseria y su magra visión del mundo. Moscovici añade: “La inquebrantable confianza en sí mismo que posee el líder, inflama la confianza sin límites de los demás, que dicen: ‘Sabe dónde va, vamos donde él sabe’”.

Así, en su relación con el caudillo, el único lenguaje que la masa entiende “es el que se salta a la razón, habla al corazón y embellece o ennegrece la realidad”. Moscovici aclara: “El arte desplegado para alcanzar tales fines atañe primero a las emociones del corazón, después a las cuerdas de la fe, y hace un llamamiento, en fin, a las esperanzas del deseo. Las facultades de la razón no desempeñan en todo esto más que un papel subsidiario”. Cicerón ya lo explicaba: “No hay asunto increíble que la elocuencia no pueda hacer que parezca probable; no hay cosa horrible o vulgar que la elocuencia no haga que parezca bella y casi digna de veneración”. Vista de esta manera y en manos de arteros ilusionistas, no cabe duda -ahora más que nunca-, que “la política es la forma racional de explotar el fondo irracional de las masas”.

Ahora bien, dentro de todo proceso manipulativo de la muchedumbre, generalmente se describe la presencia de tres tipos de caudillos –fuera de otros-, aunque en los hechos un mismo caudillo puede reunir características de más de uno de estos tipos.

Megalómano. Guiado por una pobre autoestima, no escucha, sólo predica. Su objetivo final es la gloria, la figuración, el poder, la alabanza servil, por ello se halla rodeado de adulones falderos. Suyos son los éxitos, los fracasos son siempre ajenos. Sus carencias afectivas las intenta llenar con una compulsiva relación con la masa, a la que necesita por su aplauso y su lisonja, pero a la que desprecia por recordarle su origen infortunado. Alterna patológicamente la petulancia con los humildes y los adversarios, con el victimismo sumiso con quienes muestran mayor autoridad y poder.

Maquiavélico. Carente de escrúpulos, es capaz de aprovecharse de los demás con tal de alcanzar sus objetivos. Sus dotes intelectuales le favorecen para las conspiraciones oscuras, por eso presume en público, mientras actúa con nocturnidad y alevosía. El fin justifica los medios, el cambio lo justifica todo. Frío y calculador, es reacio a entablar relaciones afectivas. Vive a la sombra, en función de alcanzar “su misión”. Todo adversario es un escollo cuya osadía debe ser pagada con la derrota total.

Sociópata. Es la persona con un serio trastorno de personalidad antisocial. Aunque no se crea, abundan en la fauna política. Carecen de toda noción sobre el respeto a las normas de convivencia y a los derechos de los demás. La ley, por ejemplo, sirve en cuanto beneficia a sus aspiraciones personales, de manera que la acomoda a su antojo, amparando sus atrocidades en el aplauso “legítimo” del vulgo amaestrado. Sólo importan sus propios fines, considerados los únicos valiosos para todos; las demás personas son recursos que se usan y se desechan según convenga. Frío hasta el extremo, es sumamente hábil para percibir los estados emocionales y usarlos en su beneficio. Su desprecio por el otro llega al extremo de considerar la vida como un recurso prescindible si ayuda a alcanzar “el objetivo”.

Con relación a la persuasión indirecta, ésta actúa a través de los medios masivos de comunicación, principalmente de la televisión y de la radio. Su amplia capacidad persuasiva se asienta en que las imágenes y los sonidos actúan directamente y con mayor intensidad sobre el cerebro emocional. No importa el nivel de formación del auditorio, frente al televisor o junto a la radio, el nivel de raciocinio desciende debido a que el cerebro emocional se halla estimulado. ¿Doctor? ¿Maestro? ¿Catedrático o Albañil? No interesa, todos los cerebros son iguales, todos ceden ante la presión de las emociones. De ahí que no sorprenda que personas con un elevado nivel de formación académica, ostenten una inquietante tendencia a la intolerancia, al dogmatismo..., en fin, a la estupidez.

Descrito este escenario, nadie en su sano juicio, ni siquiera alguno de sus más racionales seguidores (¿?), puede negar que el actual régimen se vinculada con la ciudadanía a través de dos únicos recursos: 1. La manipulación de la embobada muchedumbre -el caudillo predica con fruición y de forma permanente en diferentes poblados del país, incluso en el exterior (¿cuándo gobierna?)-; 2. Miles de spots televisivos y cuñas radiales, además de afiches, vallas y un sinfín de baratijas tan atractivas como letales.

Esta constatación, empírica y libre de duda, nos empuja inevitablemente a concluir que la forma actual de detentar el poder es la persuasión descarnada de la ciudadanía, sobre todo de aquella que siempre escucha, siempre marcha, siempre se empobrece y siempre termina poniendo los muertos. Dicho de otro modo: apelar a la persuasión es confesar, sin tapujos, un enfermizo deseo de manipular y de envilecer al individuo. Así, resulta un exceso de grosería, otra mentira impía, señalar que se es la expresión genuina de la “conciencia del pueblo boliviano”, cuando saben que si hiciesen una pausa en el festival emocional, el ciudadano podría despertar, mejor aún, podría pensar su realidad, hecho que, además de ser una novedad, traería imprevisibles consecuencias.

Ahora bien, para hacer realidad su objetivo (modificar el comportamiento social a través de la manipulación emocional), la persuasión –directa e indirecta- echa mano de un sinnúmero de herramientas, denominadas indistintamente líneas de persuasión, técnicas persuasivas o gatillos emocionales, cuyo objetivo es sobre-estimular una o varias emociones a fin de provocar acciones intempestivas, irracionales, sin que medie reflexión racional alguna. Hagamos una descripción sucinta y esencial de este proceso:

Primero. Todo comienza con el sondeo de opinión. Mediante encuestas, los manipuladores recogen la percepción de la ciudadanía sobre la realidad. ¿Qué le gusta? ¿Con qué sueña? ¿Qué espera de sus líderes? ¿Qué opina sobre el oficialismo, sobre la oposición?, etc. No importa cuán racionales sean esas percepciones, recuérdese que, en general, nuestro nivel de formación sobre los asuntos públicos es bastante famélico (en muchos casos, los bodrios que nos arrojan los políticos tienen una calidad mayor que nuestras anémicas aspiraciones). Lo realmente importante es preparar un discurso acorde a lo que el ciudadano quiere escuchar. Es decir, la prioridad no es esbozar un programa que responda a las necesidades del país, sino a las percepciones subjetivas, emocionales, de la población. Este hecho demuestra porqué los partidos, y sobre todo los gobernantes, se empeñan en regar promesas, consignas, bagatelas, lejos de toda formulación de políticas de Estado, reales y efectivas, de largo aliento. Es decir, priorizan ser “populares” antes que estar en lo cierto, y no olvidemos que, la mayor parte del tiempo, ambas cosas no son compatibles. De ahí la necesidad de educar a la ciudadanía para que priorice el bien nacional ante que sus indigentes anhelos.

Segundo. Una vez definido el mensaje que la gente quiere escuchar –no lo que realmente se piensa hacer o lo que el país requiere que se haga-, se lo empaqueta en consignas simples y digeribles, acorde al entendimiento del gentío. El adalid de los manipuladores explica: “La capacidad de asimilación de la gran masa es sumamente limitada y no menos pequeña su facultad de comprensión. Teniendo en cuenta estos antecedentes, toda propaganda eficaz debe concretarse sólo a muy pocos puntos y saberlos explotar como apotegmas hasta que el último hijo del pueblo pueda formarse una idea de aquello que se persigue” (Hitler).

Tercero. Para tener un efecto letal, el mensaje simplificado debe ser diseñado con el objetivo de herir una o a un conjunto de emociones, para ello debe ser altamente emotivo. Así, se estimula el odio para cohesionar a la masa contra el “otro” (“Se oponen al cambio porque están con el imperio y el neoliberalismo...”); la alegría para unir a la masa en torno a “nosotros” (“Unidos somos MAS”); la tristeza para encender la indignación contra el “otro” (“¿Acaso olvidaste la Masacre de Porvenir?”) o la solidaridad entre “nosotros” (“Los muertos de Octubre merecen justicia”); el miedo para apartarnos del “otro” (“La única posibilidad para que haya paz política es que el MAS gane las elecciones”; “El que vote cruzado recibirá un castigo histórico”), etc.

Cuarto. El mensaje, simple y altamente emotivo, debe asentarse en un sustrato preexistente, generalmente un prejuicio socialmente compartido, un hecho histórico desfigurado o simplemente rencores y odios subterráneos (los 500 años, el neoliberalismo, el indigenismo, la nacionalización, las autonomías, el racismo, el imperialismo, etc.), a fin de apoyarse en lo más importante para la masa: el pasado. Este hecho reviste importancia trascendental, debido a que el pasado es lo único real y efectivo que tiene la masa y el individuo ajeno al empleo del raciocinio. De esta forma, todo nuevo estímulo es inconscientemente contrastado con los recuerdos, siempre cargados de emotividad y de información desfigurada. No interesa si el sustrato es cierto o no, lo que vale es el impacto sobre el mundo emocional: retrotrae el pasado y lo hace real. Por ejemplo, el caudillo se muestra como la encarnación de la profecía del martirizado líder indígena del siglo XVIII Tupac Katari: “Volveré y seré millones”. Otro recurso malévolo es señalar, con iletrada firmeza, que toda visión opositora es expresión, abierta o encubierta, del neoliberalismo que vendió el país y que provocó la miseria que ahora todos sufrimos. Sin duda, tal afirmación no resiste un análisis sensato, pero quién analiza cuando se escucha maravillado las buenas nuevas que siempre se han querido escuchar.

Quinto. En el siguiente paso, y a fin de despertar el maniqueísmo emocional, se inventa un “enemigo” -siempre individualizado porque la masa carece de habilidades de abstracción-, chivo expiatorio a quien se le arrogan todas las culpas y todas las iniquidades presentes, pasadas y futuras; es el obstáculo que se debe superar para alcanzar la gloria, el cambio, la revolución, en fin, lo que sea; si se desea mantener latente la excitación social, cada tanto se pone la mirada sobre un nuevo “enemigo”. De ahí la masa, enceguecida y fogosa, marchando aquí, bloqueando allá, siempre persiguiendo fantasmas, llevando en la frente el amor y la fe por “nosotros” y el temor y el odio por los “otros”. Poco importa que el “enemigo” sea real o inventando -generalmente es inventado-, lo realmente importante es que sirve de anzuelo para cohesionar a la masa en torno al caudillo. Ahí están el embajador norteamericano, el “presidente del imperio”, los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, los miembros del Tribunal Constitucional, los líderes opositores -regionales o políticos-, empresarios emblemáticos, el presidente del Perú, el presidente colombiano, el Cardenal, etc., en fin, siempre un enemigo por el cual movilizarse, masificarse y dejar de pensar.

Sin embargo, cuando se alcanza el poder y los enemigos han sido derrotados (asistimos a un ofensiva total, sólo quedan algunos pocos opositores de talla nacional –ya bajo fuego- y otros caudillos lugareños, además de líderes de opinión a quienes les espera su turno), inevitablemente se apela a la búsqueda de enemigos internos para mantener a la muchedumbre excitada, único sustento del régimen. De ahí que no sea extraño que conozcamos, hacia adelante, agrias pugnas internas entre facciones tribales y sórdidas purgas de infieles.

Sexto. Finalmente, el discurso es cuidadosamente orquestado, es decir, repetido infinidad de veces a través de diferentes medios, formatos y fuentes a fin de evitar su desgaste. Por esta razón, a cada paso, los sofismas del caudillo aparecen replicados en una interminable cacofonía de spots, cuñas radiales, vallas, posters, etc., además de fervorosas declaraciones de devotos meticulosamente elegidos. La premisa es clara y Joseph Paul Goebbels la sabía (otro adalid): “Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”. Lamentablemente, la ciencia explica que tal afirmación es cierta, debido a que al cerebro emocional, sobre-estimulado, no discrimina la realidad de la mentira, de manera que la repetición termina por convertir al mensaje en una creencia aceptada por todos. Ese el truco del mentiroso. Y si la mentira es exagerada, ilimitadamente irracional, mejor aún, la sobre-estimulación emocional alcanza el límite de la fantasía, escenario ideal para una masa de miserables, hambrientos de certidumbres.

En este proceso, los comunicadores son usados como vehículos inconscientes de las acciones manipulativas. Ignorantes de que se los utiliza para disparar sobre las emociones ciudadanas, los periodistas transmiten “declaraciones” directo al receptor para el cual han sido creadas. Luego, casi de inmediato, aparecen nuevas afirmaciones, acompañadas de spots, afiches, cuñas radiales, etc., e incluso cándidos desmentidos o furibundas respuestas de indignados opositores, todo favoreciendo a una efectiva orquestación. Lamentablemente, la ausencia de contrastación y de investigación periodística, contribuye al uso de los medios en procesos manipulativos.

Por otra parte, no podemos dejar de mencionar que existen comunicadores que voluntariamente se prestan a la emisión de mensajes manipulativos, seguros que se trata de verdades santificadas; sin duda, forman parte del interminable séquito de emotivos trovadores que cantan glorias al caudillo –al “jefazo”, al “príncipe coronado”, etc.- y a su paso milagroso. Alguien decía, no sin razón, que es más fácil enfrentar a un fanático armado con un fusil que a un fanático armado con un micrófono o con un teclado.

Ahora bien, cabe preguntarse si existe un límite a la persuasión. La psicología y la historia explican que no se puede persuadir eternamente, pero sí a largo plazo, a condición de mantener ese malévolo proceso de adecuar el mensaje manipulativo a los cambios en las percepciones subjetivas de la masa (decir lo que la gente quiere escuchar), de ahí que se gobierna “sondeando” a la opinión pública.

Sin embargo, indudablemente, todo tiene un límite: la propia realidad. Es decir, cuando ya no existe enemigo real o inventado a quien endilgar todas las miserias, para así encubrir la ineptitud en la gestión pública y el sueño arcaico que se desea imponer, la muchedumbre de turbados seguidores inevitablemente posa la mirada sobre las acciones reales del caudillo, sobre sus logros. De no existir éstos, tal como la masa los exige, es decir, a imagen y semejanza de las promesas recibidas, se puede iniciar un penoso y a momentos violento proceso de divorcio. De ahí la permanente y encarnizada caza de “enemigos”, único pilar para mantener a la masa en desvarío perpetuo y al régimen a salvo de toda mirada indiscreta. Sin duda, los siguientes esfuerzos que veremos para esconder el desgobierno, serán los intentos de sepultar en la deshonra o en la cárcel a los pocos opositores nacionales que quedan y a quienes intenten la osadía de hacer sombra a los siervos del caudillo que terciarán en las próximas elecciones prefecturales y municipales.

2. Desinformación

Si persuadir implica inducir a la acción a través de la sobre-estimulación emocional, desinformar es el proceso por el cual se emite información tergiversada a fin de evitar que se conozca la verdad. La idea es cambiar los hechos a objeto de modificar el comportamiento social en un determinado sentido.

Se trata de un proceso complejo y delicado, dejado en manos de personajes altamente especializados, sin duda, carentes de escrúpulos. El objetivo es evitar que los ciudadanos conozcamos la verdad. Aunque no se crea, existen técnicas altamente sofisticadas, todas efectivas y mortíferas, para minar nuestra ya limitada capacidad de razonamiento. Veamos las más importantes:

Goteo. En esta técnica se emite información sobre un hecho determinado de forma dosificada, lenta, a gotas. El objetivo es que el tema, aunque se trate de un escándalo mayúsculo, sea presentado en pequeñas dosis. Con el paso de los días, el hecho deja de ser novedoso hasta que se desprende del interés ciudadano. Recuérdense las declaraciones oficiales, lánguidas y frecuentes, sobre el abatimiento del grupo de supuestos “terroristas-separatistas” ocurrido en el hotel Las Américas de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Un día se presentan fotos, otro declaraciones, otro indicios, otro más nuevos hallazgos, en fin, una garúa permanente. Al final, luego de meses de llovizna informativa –casi un año-, los ciudadanos no sabemos qué fue lo que realmente pasó en aquel caso y, lentamente, cada vez son menos los interesados en saber la verdad. Incluso, luego de tanto goteo, ya no llama la atención, por ejemplo, el estudio hecho en Hungría sobre uno de los victimados, documento que revela que habría sido ejecutado con un disparo mientras estaba maniatado.

Maremoto. La idea es lanzar tanta cantidad de información que no exista capacidad alguna para procesar todos los datos, menos si se trata de mensajes altamente persuasivos. Por ejemplo, a horas de ocurrido el enfrentamiento en Porvenir (departamento de Pando), donde murieron oficialistas y opositores, se lanzaron declaraciones, spots, cuñas radiales, afiches, etc., evitándose además el arribo de prensa independiente. Un verdadero bombardeo informativo-emocional con una visión totalmente parcializada de la realidad. El resultado: una ciudadanía estupefacta, con el ceño fruncido y la indignación a flor de piel contra quienes “masacraron a los desarmados y pacíficos campesinos”. Sin que existan indicios, pruebas o acusaciones formales, menos investigación alguna, el prefecto de Pando –además de otros opositores- fue juzgado y sentenciado en ardientes discursos, orquestados por libelos de todo tipo: panfletos, afiches, spots, etc., además de indignadas marchas encabezadas por oscuros personajes, siempre amenazantes, con el odio y la incultura en la frente. En realidad, fue algo así como cortarle la cabeza y presentarla al aplauso de los aldeanos.

El tsunami informativo no sólo evitó conocer qué realmente ocurrió aquel 11 de septiembre de 2008, sino que lanzó una columna de humo sobre los hechos que ocurrieron antes de aquel día, clave para entender aquella trágica jornada. Por ejemplo: ¿Por qué los campesinos que se dirigían armados hacia Porvenir usaban brazaletes y manillas de diferentes colores? ¿Quién o quiénes se los pusieron y para qué? ¿Hubo la intención de provocar un choque entre oficialistas y opositores a fin de usar a los muertos como coartada para ocupar militarmente Pando? Como se ve, recibir mucha información no necesariamente es sinónimo de estar bien informado; en manos de manipuladores, generalmente significa todo lo contrario.

Supresión. La supresión implica emitir información incompleta, recortada. Sin duda, el o los hechos recortados son aquellos que no se desea que la ciudadanía conozca. El recorte puede ser realizado de diferentes formas. Se puede recortar el grueso de los datos, por ejemplo: ¿Quiénes y cómo asesinaron a Christian Urresti, joven cochabambino masacrado (literal) por la muchedumbre bárbara, abominable crimen que hasta el día de hoy no conoce proceso alguno, abandonado a la más abyecta impunidad? El otro recurso es recortar datos cruciales, por ejemplo: con relación al escalofriante operativo en el hotel Las Américas que concluyó en el abatimiento de tres personas que supuestamente eran “terroristas-separatistas”, cabe preguntarse: ¿Por qué los abatieron si existen pruebas que demuestran que los servicios de inteligencia los había infiltrado y los tenían enteramente vigilados? Recordemos que los “terroristas-separatistas” –para cualquiera, un grupo de matones cuyas sórdidas fechorías los obligarían a vivir a la sombra- sorprendentemente estaban alojados en un hotel de cuatro estrellas, donde se hospedaban nada menos que los pilotos del propio caudillo, además de militares venezolanos; y donde se la pasaban despreocupados y retozones, en ropa interior, fotografiándose con las armas en la mano y con los billetes que costeaban sus malandanzas; por si fuera poco, en una habitación adjunta moraba un prominente funcionario de inteligencia. ¿Qué ocurrió realmente? ¿Por qué el informe oficial señala que aquellos tres personajes fueron muertos en un cruce de balas, mientras que una autopsia de peritos europeos afirma que por lo menos uno fue ejecutado con un disparo mientras estaba enmanillado y con los brazos en alto?

Adición. Adicionar implica aumentar datos inexistentes a un hecho concreto. Es uno de los recursos favoritos de los regímenes autoritarios. Por ejemplo, casi todos los opositores y los miembros de los otros poderes del Estado, han sido, son juzgados o se los amenaza con juzgarlos, sin paliativos, por una infinidad de delitos, casi todos inventados o tergiversados, pero jamás probados. Además de servir para desmontar la institucionalidad democrática y abrir el camino al poder total, vale para cohesionar a la masa -incapaz de distinguir una acción judicial con apego a derecho, de una soberana y arbitraria estupidez-, y para sumir al adversario en la más abyecta ignominia (muerte civil). De esta forma, los “acusados” son presentados como la encarnación de los “neoliberales”, de los “pichones de la dictadura”, de los “oligarcas separatistas”, etc. que han causado “hambre y sufrimiento durante 500 años al pueblo boliviano” (¿?). Así se tomó preso al prefecto del departamento de Pando y a varios de sus seguidores, así se descabezó al Tribunal Constitucional, a la Corte Suprema de Justicia, se acosa con esmero a los opositores, a empresarios, se ataca a los “jerarcas” de la Iglesia Católica, etc. Sin duda, así se embestirá a los futuros adversarios en las justas electorales de abril. Es la judicialización de la política, la criminalización del adversario llevada a su máximo grado de perversión. Al final, se trata de linchamientos mediáticos, llevados a cabo ante el aplauso y la sed de desquite de la muchedumbre boba, agradecida por el circo perpetuo.

Exageración. La idea es presentar un dato sobredimensionado, fuera de toda lógica. Por ejemplo, el gobierno aseguró el año 2008 fue víctima de un intento de golpe de Estado cívico-prefectural. Rápidamente, y debido como siempre al victimismo del incomprendido y acosado caudillo, la comunidad internacional, por ignorancia o por interés, expresó su rechazo a tan detestable afrenta, incluso se habló del peligro que corría la vida del propio caudillo –libreto al que apelan, sin excepciones, todas las aberraciones populistas-. La beligerancia de los opositores pareció comprobar tal denuncia. Sin embargo, a nadie se le ocurrió preguntar si los debilitados opositores regionales, carentes de organización política alguna, y sus hordas de enceguecidos seguidores, la mayor parte jóvenes con la piedra en la mano y la cabeza vacía –¡ahora masistas ardientes!- tenían la capacidad de fuego como para derrotar a las leales Fuerzas Armas y a la incondicional Policía Nacional, para luego hacerse del poder político. En realidad, nunca hubo –y no hay- posibilidad alguna de materializar un golpe de Estado civil contra el actual régimen.

Falsificación. La idea es falsear o corromper la información. No podemos dejar de recordar el spot gubernamental que mostraba imágenes de los hechos de Porvenir con el audio adulterado. Hasta el día de hoy, los creativos que manosearon ese spot gozan de libertad incondicional. Otro hecho significativo y fundamental para evitar que la ciudadanía conozca los desaciertos del desgobierno, es el cálculo del PIB o de la inflación, entre otros indicadores, en base a parámetros reinventados, incluso esotéricos, de manera que siempre aparecemos creciendo y progresando, aunque organismos técnicos especializados, nacionales o extranjeros, digan lo contrario. Por ejemplo, recuérdese que el INE asegura que el desempleo llega al 5.18%, mientras que otros organismos, de irreprochable reputación, informan que el porcentaje ascendería al 11%, incluso al 18%. Lo propio podría decirse de la pérdida hace tiempo anunciada del ATPDEA, hecho presentado ahora como un sorpresivo y artero “garrotazo del imperio” (como siempre, el “enemigo” para justificar los propios yerros).

Inoculación. Ésta es una técnica destinada a minimizar el ataque de los adversarios. Por ejemplo, cuando se hacía evidente la existencia de serios indicios de que el gobierno habría fraguado una sutil y depurada trampa electoral a partir de la distribución gratuita de cédulas de identidad –nada menos que en casas de campaña del partido oficial y sin que exista el respaldo del certificado de nacimiento-, voceros del Poder Ejecutivo, incluso los propios mandatarios, salieron a la palestra para denunciar que, seguramente, la “derecha neoliberal” los acusaría de haber organizado un masivo y descarado fraude. Cuando la denuncia opositora salió a la luz con pruebas en la mano, el impacto fue favorable para el gobierno, porque terminó por confirmar, entre sus huestes, las premoniciones indignadas del caudillo.

Espacios políticos. Es una técnica que por ingenua funciona muy bien. La idea es ubicarse uno mismo y ubicar al adversario en espacios políticos definidos a discreción, aunque no guarden lógica alguna. Por ejemplo, todo aquel que esté con el caudillo está por definición con el cambio, es antiimperialista y lucha junto a todos los pueblos del mundo por alcanzar la añorada liberación, por tanto está a la izquierda. Por otra parte, todo aquel que se opone al gobierno está contra el cambio, es neoliberal y pro-imperialista y defiende al salvaje capitalismo, es decir, está a la derecha. En realidad, si analizamos las erráticas ideas del régimen y sobre todo su práctica política, descubriremos que se trata de un proyecto que camina a paso veloz a la formación de una pesadilla autoritaria, de aliento reaccionario. André Malraux meditaba sobre este juego con los espacios políticos: “Curiosa época ésta, dirán de nosotros los historiadores del futuro, ya que en ella la izquierda no era la izquierda, la derecha no era la derecha, y el centro no estaba en el medio”.

Rebautizar. Es el recurso predilecto de todo impostor. La idea es aparentar que se cambian las cosas en un sentido, cuando en realidad el cambio tiene un sentido distinto. Por ejemplo, a la compra de acciones de las empresas anteriormente capitalizadas ahora se llama nacionalización -eso sí, mostrada como si se tratase de toda una expropiación, con intervención militar incluida-, cuando en realidad se trata de simples, silvestres y liberales intercambios comerciales; a la destrucción de la institucionalidad democrática, se llama descolonización y destrucción de las “instituciones neoliberales”; a un mamotreto jurídico, plagado de artículos contradictorios y antidemocráticos, se llama Constitución Política del Estado descolonizadora (¡qué ironía!); a un Congreso Nacional con presencia campesina mayoritaria (pese a que representa alrededor del 30% de la población), se denomina Asamblea Legislativa Plurinacional (barbarismo convenientemente fabricado para saciar, en apariencia, la sed de inclusión de aquellos a los que siempre se nombra y que siempre terminan más pobres y con más muertos); conciencia es ahora la expresión de sumisión emocional al caudillo, expresada en marchas, cercos, y enfrentamientos erráticos, etc., no ya el resultado del estudio y la reflexión (queda claro que la conciencia es un producto de la superación cognitiva, no de las ampollas vagabundas, ni de las soporíferas congregaciones pedestres, menos de las acciones atroces); el nacionalismo populista de orientación indígena, ahora se llama socialismo del siglo XXI, concepto que adquiere significados totalmente diferentes según los desvaríos del caudillo que lo enarbole; Chávez, Morales, Correa, Ortega y otros muestran definiciones disímiles, diferencias zurcidas gracias a la ceguera provocada en la muchedumbre que digiere todo lo que se le lanza. Alguien lo dijo: “Basta con levantar el odio ciego hacia el imperialismo, para que la masa turbada salga en romería penitente, aunque quien alza la voz sea uno de sus tantos socios comerciales”. Al final, debajo del paraguas del socialismo del siglo XXI, pueden arroparse las más dispares y pavorosas criaturas.

Diálogo. La base de la convivencia democrática, el intercambio constructivo de verdades contrapuestas, se convierte en espectáculo banal destinado al consumo masivo. La idea es fingir que se dialoga con el opositor, cuando en realidad sólo se lo usa para luego injuriarlo. Por ejemplo, sobre diferentes temas y en diferentes momentos, los opositores fueron invitados a Palacio de Gobierno, en teoría, para consensuar posturas. En todos los casos, la estéril presencia opositora, sin resultados tangibles, fue presentada, en declaraciones, fotografías y spots, como una victoria gubernamental frente a los tercos rivales. En ningún caso hubo voluntad real para dialogar, envileciéndose de esta forma uno de los principios más emblemáticos de la democracia. En manos del manipulador, el diálogo deviene en emboscada.

Si desinformar equivale a evitar que la ciudadanía conozca la verdad, ¿por qué un gobierno que anuncia el cambio, el arribo de un mundo justo y para todos, apela a este recurso indigno y perverso? Hay quien afirma, no sin aséptico desprecio por la ciudadanía, que se trata de un recurso inevitable para evitar que la ciudadanía se contamine con la prédica “neoliberal”. Sin embargo, la razón parece ser mucho más prosaica y sórdida: mísero afán de poder. Hubo alguien que fue más lejos: “Cuando al pueblo le tapan los ojos, es porque quieren registrarle los bolsillos, ni más, ni menos. El resto es sólo coartada”.

EPÍLOGO

La victoria del MAS confirma el grado de desvarío ciudadano al que hemos llegado, el espeluznante nivel de ignorancia que ostentamos, ahora con triunfalista descaro. De espaldas a toda conciencia, la mayoría de los bolivianos, en una masiva demostración de imprudente estupidez, ha optado por un grotesco y folklórico retorno al pasado, al populismo que desangró nuestras aspiraciones de desarrollo y al nacionalismo que nos empujó a vivir mirándonos el empobrecido ombligo; fundamentalismo extravagante que fomenta una democracia aparente, manejada por feligreses intolerantes e incompetentes y donde florece, sin pausas, la más crasa corrupción.

Está claro que seguir a las mayorías, las más de las veces, es la mejor receta para dar un paso hacia la barbarie, pues no existe formación alguna que respalde las decisiones del vulgo descarriado, menos en tiempos aberrantes en que los políticos asientan su poder en la estimulación de la estupidez antes que en la promoción de la conciencia.

Por otra parte, la derrota de la oposición confirma que, a su modo, los perdedores expresan el mismo fenómeno: la agonía del pasado, caudillos propietarios algunos, deseos de moldear el país según “su” visión, “sus” intereses y “su” dinero; otros, aspirantes a autócratas de bolsillo, pequeños príncipes de comarca, deseosos de un lugar en la mesa del poder. Ninguno con un proyecto político serio que permita superar el oprobio de vivir en la miseria y ahora en las tinieblas. Unos y otros sin más promesa que su rostro en el afiche. En fin, populismo incivil.

En los meses electorales que asoman, observaremos azorados la profundización de esta agonía, pues la ausencia de programas alternativos al oscurantismo dará vida a un enjambre de nuevos salvadores, a favor y en contra de lo que sea, todos con la promesa a flor de labios y el apetito despuntando en la sonrisa maquillada. En todo caso, la manipulación será la misma, el ciudadano haciendo siempre el papel de borrego cebado, listo para votar, marchar, matar o morir.

Asimismo, si bien se avanza para acabar con los últimos “enemigos del cambio” –políticos, empresariales y locales-, tal medida, si logra cumplirse, podría inaugurar un inevitable proceso de debilitamiento del apoyo popular, debido a que la excitación de la muchedumbre se asienta en la maniquea polarización, traducida en la búsqueda frenética del ominoso enemigo. Por esta razón, y ante la ausencia de enemigos externos y la necesidad de mantener a la masa lejos de la realidad, al oscurantismo se obligará a buscar e inventar conspiradores internos. De esta forma, es posible prever que el oprobio comenzará a ser devorado desde adentro, lenta e inevitablemente, por ambiciones tenebrosas y luchas lóbregas, cuyo destino inevitable podría ser una implosión de consecuencia insospechadas. No es nuevo, tarda un poco, pero los regímenes arbitrarios terminan siempre a merced de sus propias perversidades. Además, la historia enseña que, luego que las pugnas intestinas paralizan el afán manipulador, la masa manoseada reacciona con ímpetu, acaso con violencia –siempre irracional-, contra quienes prometieron el cielo y no lo supieron alcanzar. Así, se hace urgente forjar alternativas democráticas –¡no candidaturas!-, a fin de evitar que, cuando la masa despierte de esta pesadilla, se lance a los brazos de nuevos ilusionistas de feria.

No cabe duda que la situación actual puede provocarnos espanto, incluso náusea. Sin embargo, es bueno recordar que el antídoto contra esta degradación es volver a los principios y organizarnos en torno a ellos: pluralismo, tolerancia, paz... No perdamos de vista que en las sociedades asoladas por la ignominia, la libertad encuentra un camino para subsistir y éste siempre tiene como faro la educación y la organización democrática. No olvidemos que, cuando se piensa, terminan los soliloquios, se hacen patentes las aspiraciones indigentes del manipulador, se mira el presente y el futuro con entusiasmo y, sobre todo, nos dejamos de entrematar en aras de la más despreciable estupidez.

La clave para enfrentar esta pesadilla de temporada, es fomentar la educación y organización política de la ciudadanía, básicamente desde las regiones (en cada circunscripción), pero con sentido nacional. Programas, organizaciones partidarias y líderes, en ese orden. De otra forma, se reproducirá el mal endémico de apostar nuestro futuro a los devaneos de autócratas, bárbaros o ilustrados, siempre con el ego en la mirada, la moral tuerta y la promesa de mejores días que sólo llegan para ellos. No nos engañemos, la respuesta no está en ningún benefactor, menos en un coro de iluminados, agrupados de mala gana en algún frente electoral de ambiciones alternantes, sino en estructuras partidarias principistas –de derecha, centro y de izquierda-, de existencia permanente, que den vida a militantes conscientes –ya no peones erráticos- y a una democracia sólida y sostenible.

El pilar no puede ser otro que proyectos políticos de largo aliento, adecuados a los tiempos actuales –mundo global, conocimiento y tecnología, democracia y mercado, partidos políticos, Estado vigilante, pluralidad e inclusión, autonomías, etc.-, lejos de los estertores populistas, de visión miope, arrogancia sibilina y democracia ficticia. Por ello, la tarea es a largo plazo.

Así, están demás la indiferencia y la pereza, pues no sólo que demuestran ignorancia sobre nuestra corresponsabilidad, sino que favorecen a los atropellos de los robustos retoños de la autocracia, que avanzan decididos, arrogantes y aberrantes, por América Latina. Martin Luther King lo decía mejor: “Nada en el mundo es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda”.

Está claro que vivimos una pesadilla inevitable, incluso necesaria, cuya expiración nos permitirá mirarnos sin complejos y sin odios pre-fabricados, sin el atropello de los discursos de artificio. Sí, es necesario pasar por el mar muerto para llegar a la tierra prometida; no a ningún paraíso –no nos confundamos-, a la realidad, contradictoria y desafiante, a la que deberemos labrar desde diferentes perspectivas y visiones -¡democracia!-, lejos de toda imposición oscura, porque dejaremos de ser un rebaño de cómplices de la estupidez alucinada, para pasar a ser, de una vez, una República de Ciudadanos.

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EN MEMORIA DE CHRISTIAN URRESTI,
MASACRADO EN LA CIUDAD DE COCHABAMBA
POR LA BARBARIE SUELTA POR LAS CALLES

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lunes 21 de septiembre de 2009

MAS: LA REVOLUCIÓN TRAVESTI

Día que pasa, y cada vez con mayor impudor, se hace evidente que la tan publicitada revolución masista no es otra cosa que un dramático y grotesco retorno al pasado, al populismo que malvivió en nuestra historia desde siempre y al insepulto nacionalismo, esta vez exacerbado y disfrazado de indigenismo. Para colmo de males, esta suerte de déjà vu espeluznante y festivo, cuenta con un nuevo condimento: la tendencia hacia un autoritarismo execrable, de nítidos rasgos fascistas, que se incuba a la sombra de un proyecto foráneo que avanza amenazante.

Nuevamente, como ocurrió a lo largo de nuestra historia casi de forma ininterrumpida, asoma el caudillo, premoderno y prefabricado, ávido de poder y aplauso; junto a su corte de penitentes vasallos, dóciles ante el jefe, déspotas y arrogantes cuando miran más abajo; el Estado de Derecho, desfigurado y malherido; los altos mandos amansados, con la subordinación y la constancia hipotecadas; la bandada de cuervos que sigue alimentándose de nuestros ojos y de nuestros bolsillos; y los discursos multifónicos que repiten pero que nunca demuestran.

Como ocurre siempre con los experimentos populistas, de izquierda o de derecha, la nueva joya cuenta con un verdadero tuti fruti político, formado por indigenistas ‘del siglo XXI’, cuyo radicalismo fatuo los muestra más cercanos al nacionalsocialismo que al socialismo; acompañados por los más variados especímenes provenientes de los retazos que dejó la muerte del mundo estalinista, además de progresistas bienintencionados pero con la brújula descarriada, pues, enceguecidos por orgásmicos discursos ‘antiimperialistas’ y por una descomunal campaña propagandística, de cuño fascista, ‘sin querer queriendo’ levantan en hombros un proyecto cada vez más reaccionario; y claro, muy cerca se hallan inefables funcionarios de ‘solidarias’ ONG’s, sin más ambición que conservar cargo y sueldo. Todos ellos uniformados por un fanatismo inflamado, enternecedora beatería que sorprende, por lo menos viniendo de ‘marxistas’, porque obliga a dejar principios para caer bajo el hechizo de un anacrónico encantador de serpientes.

Sin duda, el resultado es una nueva especie, toda una innovación, algo así como una ideología esotérica que intenta mostrarse como una nueva opción revolucionaria nacida para asestar la estocada final al capitalismo ‘nauseabundo y agonizante’; cuando en realidad se trata de una estafa ideológica, un collage político-folklórico destinado a reeditar, por enésima vez, un régimen populista de aliento nacionalista, ahora a la sombra de un proyecto fascistoide que asoma en diversas regiones de América Latina. Es cierto, asistimos a un canto lúgubre, un tiempo aberrante, una arcaica promesa, una bravata impía.

Dígase lo que se diga, y aunque lo desmienta el spot o las conmovedoras confesiones de marxismo-leninismo, el nacionalismo masista, como cualquier otro nacionalismo, es un proyecto reaccionario que naufraga de espaldas a la historia (derecha). ¡Viva la Revolución Travesti! Que en su seno aniden tendencias de izquierda no implica que su orientación sea esa; no sería la primera vez que la izquierda sirve la mesa para engordar un proyecto reaccionario. Lo peor, la realidad confirma, una vez más (ojalá la última), que los resultados son desastrosos. No sólo que la incompetencia tiñe la gestión pública, sino que su signo particular, como siempre –hoy como ayer y anteayer-, es la corrupción llevada a límites viles. La administración de las empresas ‘nacionalizadas’, por ejemplo, muestra, otra vez (no aprendemos), que éstas inevitablemente devienen en carroña para la voracidad de la militancia, codiciosa y vacía en convicciones.

Peor aún, al igual que los populistas de todos los matices que dilapidaron los bienes nacionales –liberales, nacionalistas y neoliberales-, el nacionalismo masista, arrogante y ardiente al hablar de dignidad y soberanía, ultraja nuevamente los intereses nacionales, por ejemplo, al comprar empresas con deuda incluida (TRANSREDES), al someterse con entusiasmo faldero a un gobierno ajeno (cuyo proyecto nos define como simples peones de existencia prescindible), y al intentar entregar nuestros recursos naturales (SILALA) por unas cuantas medallas, muchos aplausos y algunas otras dádivas que conoceremos con vergüenza, hechos que revelan el retorno de una suerte de melgarejismo pintoresco, ante la benevolente complicidad de los aguerridos movimientos sociales. Por menos, otros gobiernos fueron derrocados o serían llevados a la hoguera en plena plaza Murillo, al calor de los aullidos de la indignación popular. No hay duda, el entreguismo es un fuego que no se apaga.

En resumen, el MAS es uno de tantos en la larga fila de desastres nacionalistas, mientras que el Estado y sus riquezas mantienen su triste papel de despojo a merced de los nuevos predadores.

De esta manera, quienes tienen la esperanza que el socialismo arribará a Bolivia de la mano del masismo, quedarán condenados a una horrible desazón y a un sombrío desconsuelo. Triste destino, anunciar el paraíso mientras se alimenta el caldero del infierno. En rigor, las profundas transformaciones que se profesan, ¡el arribo de la revolución!, no pasan de ser malabarismos retóricos o decretos estrambóticos que al final del día no dejan de ser “pasado en copa nueva”, medidas más estridentes que efectivas, más pintorescas que trascendentes, más hípicas que épicas. No hay duda, se trata de un gobierno para reír o para llorar, nunca para ser tomado en serio. Así, salen sobrando los espasmos de histeria que muestran sectores conservadores y despistados al clamar por cerrar filas para impedir el paso desgarrador del comunismo masista. ¿Comunismo? ¿Socialismo? Nacionalismo vulgar y silvestre, esta vez desde una perspectiva premoderna y de hinojos ante la tentación fascista.

Lo que sí debe preocuparnos, es que el nacionalismo masista acelera su paso hacia un régimen autoritario, de inocultables rasgos fascistas. No hay duda alguna que, en este instante, el MAS se halla en un peligroso estado larvario de engendro dictatorial, hecho que “acrecienta el horror de la angustia”. No perdamos de vista el tono temerario de los últimos discursos, ni las amenazas de sangre y venganza, menos el desapercibido paso marcial de algunos sectores sociales que mostraron sus dotes bélicas el pasado 7 de agosto, ya que podrían anunciar la presencia descarnada, y popular, del terror disparado desde el Estado.

El hecho que despierta sorpresa, incluso preocupación, es la fidelidad canina que muestran amplios sectores sociales frente al avance de tan anacrónico sueño. ¿Por qué? No por la fuerza de la razón, sino por la razón de una sutil y demoledora fuerza, aquella ejercida a través de una masiva, orquestada y permanente campaña manipulativa que, asentada en las más caras aspiraciones y en los más crasos prejuicios, crea y recrea una realidad hecha a imagen y semejanza de las más humildes esperanzas. Sobre-estimulados, con las emociones y el instinto a flor de piel, y el cerebro sitiado, los más pobres, los siempre manoseados, se lanzan a las calles para librar una batalla tan romántica como inútil, un salto mortal, quien lo diría, a favor del atraso y la pobreza. Queda claro que tener apoyo popular no equivale a caminar al compás de la historia, en algunas ocasiones significa lo contrario. Dicho de otro modo: ‘Una necedad repetida por 10 millones de bocas, no deja de ser una necedad’. Sin duda, la endémica y cruda ignorancia de la ciudadanía ha sido fuente de demagogos de toda laya, aquí y en todo lado, hecho que debería empujarnos a la reflexión, cuando no a la lectura. De todos modos, vale la pena recordar a E. Thaudiere: “Tales electores, tales elegidos, si los segundos son malos, es porque los primeros son peores”.

En este proceso de sometimiento del raciocinio popular, es vergonzosa la complicidad gratificada de dirigentes sociales, quienes no dudaron un instante en apuñalar por la espalda principios tan caros como la independencia sindical, por ejemplo. Su sometimiento se asemeja en mucho a la sumisión que conoció el movimiento sindical frente al nacionalismo barrientista y, sin duda, recuerda el triste papel de los inefables caciques coloniales. Pocas veces se ha visto en nuestra historia un nivel tan crudo de ineptitud, corrupción y sometimiento, con un tozudo y necio apoyo popular. Víctor Hugo tenía razón: “Entre el gobierno que hace mal y el pueblo que le consiente, hay cierta solidaridad vergonzosa”.

Dicho esto, y ante el ultraje cotidiano del sistema democrático y el deterioro impune de la economía, resulta imprescindible que la oposición democrática asuma con seriedad la histórica tarea que la realidad le exige. Sin duda, quienes intentan erigir un proyecto alternativo en torno a su figura, sus méritos o sus promesas, estarán ofreciendo más de lo mismo: populismo recalcitrante, atroz sectarismo, narcisismo incivil, que tan pronto puede revivir el neoliberalismo angurriento como reencarnar, otra vez, el nacionalismo rancio (ambos infaustos); en todo caso, dos modelos probados en la realidad con desastrosas consecuencias, dos iniciativas que enriquecieron –y enriquecen- a unos pocos, dos sueños que terminaron en pesadilla, dos fantasmas que se niega a morir.

Queda clara la necesidad urgente e imprescindible de erigir un proyecto político -¡no una candidatura a secas!-, donde se discursee menos y se piense más, que oriente al país por un sendero democrático y próspero, y que se halle asentado en un sólido programa y una organización partidaria permanente -¡nada de comparsa electoral-, que además, y sobre todo, aglutine a fuerzas políticas y sociales que quieran terminar con esta abyecta pesadilla antediluviana.

No nos equivoquemos. No se trata de elegir al caudillo que tenga mayor apoyo en el último sondeo. No se cura la gripe porcina con la gripe aviar. Se necesita un programa político y una organización, no para ganar las elecciones solamente, sino, y fundamentalmente, para construir un nuevo país, lejos de los espasmos populistas, nacionalistas o neoliberales, que lo único que han logrado es remachar nuestra pobreza, despertar rencores, provocar muertos y cebar el ego de los déspotas de temporada.